sábado, 25 de enero de 2014

Ciberadictos



Tony Dokoupil

Nuevas investigaciones muestran que la obsesión por estar conectados a través de los dispositivos móviles nos vuelve más ansiosos, depresivos y hasta psicóticos
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Ciberadictos

En el verano de 1996, siete jóvenes investigadores del MIT llevaron a cabo un experimento para difuminar la línea entre el ser humano y el ordenador, para vivir de modo simultáneo. Durante varias semanas llevaron teclados en los bolsillos, radiotransmisores en sus mochilas y una pequeña pantalla delante de los ojos. Se hacían llamar 'cyborgs' y venían a ser una especie de monstruos.

«Hoy todos somos 'cyborgs'», señala Sherry Turkle, psicóloga del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Han pasado solo 16 años de aquel experimento y ya es una realidad: en la actualidad vivimos en conexión permanente. En apenas unos cuantos años, una gran parte de los habitantes del llamado Primer Mundo se han 'fusionado' con sus máquinas. Miran una pantalla por lo menos ocho horas al día, más tiempo que el empleado en cualquier otra actividad, incluyendo dormir. Cuando Obama se presentó como candidato a la Presidencia, el iPhone todavía no había sido lanzado al mercado. Los teléfonos inteligentes hoy superan en número a los modelos tradicionales, y más de la tercera parte de los usuarios se conectan a Internet antes de levantarse de la cama.

A la vez, el envío de SMS se ha convertido en algo tan natural como respirar: con independencia del grupo de edad, una persona recibe de media unos 400 mensajes de texto al mes, cuatro veces la cifra de 2007. El 'adolescente promedio' procesa el asombroso número de 3700 textos al mes, el doble que en 2007. Y más de las dos terceras partes de esos cyborgs normales y corrientes aseguran que a veces notan que su móvil vibra cuando en realidad no está vibrando en absoluto. El fenómeno ya tiene nombre: síndrome de la vibración fantasma. La investigación está dejando claro que Internet no es 'otro' simple sistema de transmisión de datos. Está creando un entorno mental nuevo.

¿Internet nos está volviendo locos? No, si de lo que estamos hablando es de la propia tecnología o de los contenidos. Pero todas las investigaciones realizadas en más de una docena de países apuntan en una misma dirección. Peter Whybrow, director del Instituto de Neurociencia y Comportamiento Humano de la Universidad de California en Los Ángeles, afirma con rotundidad que «el ordenador viene a ser cocaína electrónica», generador de ciclos de euforia seguidos por bajones depresivos. Internet «produce estados de ansiedad y provoca comportamientos compulsivos», incide Nicholas Carr, cuyo libro The shallows -acerca de los efectos de la web- fue nominado para el premio Pulitzer. La Red «fomenta nuestras obsesiones, dependencia y reacciones de estrés», agrega Larry Rosen, un psicólogo de California que lleva décadas investigando los efectos de Internet.


El temor a que la Red y la tecnología móvil contribuyan a la adicción -por no mencionar los trastornos obsesivo-compulsivo y de déficit de atención- existe desde hace décadas, pero los escépticos al respecto hasta ahora llevaban las de ganar, apelando al sarcasmo muchas veces: «¿Con qué nos van a venir la próxima vez? ¿Con el abuso de los microondas o con la adicción a la barra de cacao para los labios?», escribió un crítico en 2006. Pero las cosas han cambiado. Tanto que el manual que se usa para diagnosticar enfermedades en Estados Unidos incluirá el próximo año por primera vez el trastorno de adicción a Internet, si bien en un apéndice con la etiqueta «a ser estudiado». En China, Corea y Taiwán, en los que hasta el 30 por ciento de los adolescentes están considerados adictos a la web, ya está aceptado dicho diagnóstico, y el uso problemático de Internet está empezando a estimarse como una grave crisis sanitaria.

"Hay algo en este medio que resulta adictivo», dice Elias Aboujaoude, un psiquiatra de la Universidad de Stanford, donde está al frente del centro en lo referente a los trastornos obsesivo-compulsivos. El estudio que Aboujaoude hizo en 2006 de los hábitos problemáticos vinculados a Internet fue entonces criticado con sarcasmo, pero ahora es la base de su exitoso libro Virtually you. Incluso entre un grupo demográfico de usuarios de mediana edad el encuestado promedio era mayor de 40 años, de raza blanca y ganaba más de 50.000 dólares al año, Aboujaoude encontró que uno de cada ocho denotaba signos de utilización preocupante de la Red.

En la Universidad de Maryland en 2010 se llevó a la práctica un experimento denominado Unplugged ('Desconectado'), en el que se pidió a 200 alumnos que durante un día se desconectaran de Internet y todas las tecnologías móviles y escribieran un pequeño diario de esa jornada. «Está claro que soy una adicta, y la dependencia resulta repugnante», anotó una alumna. «Los medios sociales son mi droga», apuntó otro. «La mayoría de los estudiantes universitarios son no ya reticentes, sino funcionalmente incapaces de privarse de sus conexiones mediáticas con el mundo», concluyó la Universidad de Maryland.

Ambos casos bien hubieran podido ser tomados a chacota, pero es que había más. Un estudio de la Universidad de Stanford realizado sobre 200 personas halló que uno de cada diez usuarios se sentía «adicto a más no poder» a su iPhone. Un cuatro por ciento reconoció sufrir cierto grado de compulsión.

En los dos años transcurridos desde entonces, la inquietud sobre la 'patológica' naturaleza de la Red no ha hecho sino crecer. Así lo evidencia el nuevo libro de Larry Rosen, iDisorder, publicado por la principal editorial de textos académicos. El equipo de colaboradores de Rosen entrevistó a 750 personas para detallar sus hábitos tecnológicos, lo que pensaban en relación con dichos hábitos y los resultados ofrecidos en varios test estándar para detectar la presencia de trastornos psicológicos. Rosen encontró que la mayoría de los entrevistados, excepto los mayores de 50 años, chequean los mensajes de texto, el correo electrónico o el estado de sus redes sociales «todo el tiempo» o «cada 15 minutos». Más inquietante todavía es que quienes pasaban más tiempo conectados a Internet hacían gala de un mayor número de «rasgos de personalidad compulsiva».

La decisión de estar todo el día conectado no siempre es propia. No es la elección personal la que lleva a la mayoría de los jóvenes empleados de corporaciones a mantener el Blackberry en la mesita de noche, junto a la cama, ni la que lleva al 80 por ciento de las personas en vacaciones según otro estudio de 2011 a cargar con ordenadores portátiles y teléfonos para estar en contacto con su centro de trabajo. Pero es que, en realidad, la elección personal tampoco es la que lleva a los usuarios de teléfonos inteligentes a chequear sus móviles justo antes de acostarse y a los pocos minutos de despertar por la mañana.Da la impresión de que estamos eligiendo utilizar esta tecnología, pero el hecho es que dicha tecnología se está haciendo con nosotros merced a su potencial para la gratificación a corto plazo. Cada pitido puede ser aviso de una oportunidad social, sexual o profesional, y nuestra respuesta en el acto genera una minirrecompensa en forma de descarga de dopamina. «Estas recompensas son pequeñas inyecciones de energía que alimentan el motor de la compulsión, de forma muy parecida al frisson sentido por el jugador cada vez que alguien deja una nueva carta sobre la mesa -explica la especialista del MIT Judith Donat-. En términos acumulativos, el efecto es potente y difícil de resistir».

Desde hace poco es posible contemplar cómo esta forma de uso de la web va reestructurando el cerebro. En 2008, Gary Small, el director del Centro de Investigación de la Memoria, fue el primero en documentar los cambios cerebrales ocasionados incluso por la utilización moderada de Internet. Small reunió un grupo de 24 personas -la mitad de ellas, usuarias experimentadas de la web y la otra mitad, novatas en Internet- y las sometió a un escaneo cerebral. Las diferencias resultaron ser extremas, pues los usuarios de la web mostraban alteraciones fundamentales en el córtex prefrontal. Pero la verdadera sorpresa llegó algo después. A los que no usaban habitualmente Internet se les pidió que durante una semana pasaran cinco horas diarias conectados a la web y volvieran para ser sometidos a nuevos escaneos. «Los individuos habían reconvertido sus conexiones cerebrales», escribió Small después, no sin elucubrar con pesimismo sobre lo que puede pasarles a quienes pasan más tiempo enganchados a la Red.

El cerebro de los adictos a Internet se parece al de los adictos al alcohol o las drogas. En un estudio aparecido en enero, unos investigadores chinos hablan de «materia blanca anormal» células nerviosas cuya función es la de la aceleración en las áreas especializadas en la atención, el control y la función ejecutiva. Un estudio paralelo ha encontrado transformaciones parecidas en los cerebros de los adictos a los videojuegos. Y ambos estudios se superponen con los resultados de otras investigaciones que asocian la adicción a Internet con «anomalías estructurales en la materia gris», esto es, una reducción de entre el diez y el veinte por ciento en el área del cerebro responsable de procesar el habla, la memoria, el control motriz y las emociones.

Al igual que la adicción, la posible conexión digital a la depresión y la ansiedad en su momento fue objeto de burlas. Un estudio de 1998 financiado por Carnegie Mellon encontró que el uso de la web durante un periodo de dos años estaba vinculado a sentimientos depresivos, soledad y la pérdida de amigos en el mundo real. «Pero los entrevistados eran todos habitantes de Pittsburgh», ciudad no especialmente 'alegre', se mofaron los críticos.

En los últimos cinco años, numerosos estudios han replicado los resultados inicialmente obtenidos en Carnegie Mellon, y de forma aumentada. Un reciente estudio norteamericano basado en datos sobre el uso de la web por los adolescentes a lo largo de los años noventa ha encontrado una vinculación entre el tiempo pasado en la web y la aparición de trastornos depresivos durante la primera edad adulta. Los investigadores chinos, asimismo, han hallado «una conexión directa» entre el uso abusivo de la Red y el desarrollo de depresiones agudas, mientras que los estudiosos de la Case Western Reserve University hablan de una correlación entre el uso continuado de los mensajes de texto y los medios sociales con el estrés, la depresión y los pensamientos suicidas. Y sobre este estudio, un artículo publicado en la revista Pediatrics subrayaba el incremento de un nuevo fenómeno conocido como 'depresión de Facebook'.

El año pasado, cuando el canal MTV encuestó a sus espectadores de entre 13 y 30 años sobre sus hábitos en la Red, la mayoría dijo sentirse «definido» por cuanto colgaban en la web, «exhaustos» por tener que estar siempre colgando información y por completo incapaces de abstenerse de Internet por miedo a estar perdiéndose algo. MTV lo denominó el síndrome FOMO (Fear Of Missing Out).

El último estudio sobre la relación entre Internet y la depresión es aún más triste. La Universidad del Estado de Misuri estuvo siguiendo los hábitos en la Red de 216 jóvenes, el 30 por ciento de los cuales daban muestra de depresión. Los resultados, publicados el mes pasado, revelan que los jóvenes deprimidos son los que más usan Internet, los que dedican más horas al correo electrónico, los chats y los videojuegos. También son los que cambiaban con mayor frecuencia de ventanas de navegación, en una búsqueda constante y no fructífera, o eso se supone. Son como Doug, un alumno de una universidad del Medio Oeste que tenía cuatro avatares y mantenía los cuatro mundos virtuales abiertos en el ordenador, junto con sus trabajos universitarios, correo electrónico y videojuegos. Doug dijo a Turkle que su vida real «no es más que otra ventana más» y que «tampoco es que se trate de mi mejor ventana».

Algunos tratados sugieren que en este mundo digitalizado podría estar el origen de formas incluso más extremas de enfermedad mental: trastorno múltiple de la personalidad, alucinaciones y psicosis. Un equipo de investigadores de la Universidad de Tel Aviv publicó a finales del año pasado lo que definen como los primeros casos documentados de «psicosis inducida por Internet».¿Y qué podemos hacer al respecto? Pues, para empezar, tomar conciencia de la situación, decidir cómo queremos que sea nuestra relación con la Red y las nuevas tecnologías. Lo que está claro es que es nuestra mente la que está en juego.



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